Los primeros fríos llegaron junto con Noviembre. Annie seguía en cama; era eso precisamente lo que todos esperaban, pero nadie dejo de lamentarlo en ningún momento. Era la paz que seguía después de la tormenta, pero una paz atormentada, fría. Las cosas parecían hacerse tan cual el destino las estaba planeando, con parsimonia, dejando un espacio entre una cosa y otra, un aviso de que nadie podía escapar. Sólo era cuestión de tiempo que alguien quedara como Annie.
Anne había visto a una muchacha de cuarto leyéndole las lecciones a su prima. Anne solo la conocía de vista, cuando platicaba un poco con Annie antes de que se enfermara. Andrea también le hablaba a menudo. Anne solo quería volver ver la chispa que envolvía los ojos de su prima. Liza se dejaba los ojos en la biblioteca, junto con Paulette, intentando encontrar algo que las ayudara, pero no tenían acceso a los libros más avanzados, así que no encontraron gran cosa. Las demás, dejaban pasar el tiempo.
Pero el tiempo parecía simplemente no querer pasar. Los minutos se convertían en horas y las horas en días. Las manecillas de los relojes parecían no querer moverse. O tal vez, era solo la desesperación de Anne.
—No me queda tiempo para nada —se llegó a lamentar con Will—; no tengo tiempo para estudiar, aprender las lecciones, y, además, para aguantar una desgracia. Sencillamente, no doy abasto.
—Lo sé —le dijo Will conciliadoramente—; lo sé.
Anne se callaba sus lágrimas, más por orgullo que por otra cosa. Nunca había llorado demasiado pero en ese momento estaba que explotaba. Era casi imposible no dejarse llevar por la desesperación y dejar que el destino hiciera su trabajo al completo. Pero no podía; sabía que presentaría la lucha hasta el final, fuese el que fuese. Y una día se llegó a preguntar que si así eran las cosas cuando solo Annie estaba enferma, ¿cómo serían cuándo alguien más cayera enfermo, herido, etcétera?
Pero entre una cosa y otra, el tiempo pasó, lento, con parsimonia, pero acabo por pasar y el cumpleaños catorce de Andrea llegó un día de esos. Veintitrés de noviembre, un día especialmente gris y oscuro, nada agradable para salir a los jardines, pero Andrea decidió que quería celebrarlo estuviera, como estuviera el panorama. Hicieron un «picnic» en el manantial, uno lleno de silencios opresivos, pero al menos festejaron. Una celebración de miradas esquivadas y falsas esperanzas.
Anne le regaló un colgante a su hermana, uno sencillo, de vidrio, pero que a Andrea le pareció hermoso.
—Gracias, Anne —le dijo Andrea al descubrir lo que era—, es precioso.
—Sólo es un detalle —respondió Anne con infinita modestia, esquivando la elocuente mirada de su hermana—, una baratija.
Vet —que al final se había enterado del asunto por boca de Andrea— se acercó para ver el colgante y frunció los labios.
—Es bonito —dijo al final, después de examinarlo.
Anne se preguntó que mosca le habría picado a Vet. Últimamente Vet no era la misma. Y no era que las esquivaba ni que se les escondía, simplemente parecía descontenta de todo y con todos. Encontraba cosas sospechosas por todas partes y se negaba a decirlas. Su estado de ánimo era tan cambiante que al final Roger, desesperado, había acudido a Anne para que le quitara las dudas de encima; claro, que Anne no había podido responder nada a la pregunta de Roger.
Paulette hablaba con Renée al oído, casi, pero en cuanto Anne volteó a verlas Paulette se calló abruptamente. «Seguramente otra asunto de maldiciones y cosas por el estilo», se dijo Anne. Así llevaban unos días, como si no quisieran que Anne se enterará de nada, pero Anne se enteraba, claro que sí. Era imposible no enterarse cuando las personas se escabullían para hablar y se callaban en cuento aparecías. Así que suponía que hablaban de maldiciones y cosas por el estilo; pero no se acercaba o no preguntaba —para no deprimirse más aun— de lo que estaban hablando. Seguía tratándolas como siempre, sin darles importancia a sus pláticas ni a nada que le resultase sospechoso.
—Me encantaría mojarme un poco —dijo Andrea, mirando al agua con expresión anhelante—, lástima que el día sea tan feo. —Miraba el agua como si deseara saltar allí en cualquier momento.
—Pues el agua no parece muy recomendable —dijo Anne, sonriendo forzadamente. Últimamente, todas sus sonrisas salían a empujones y completamente falsas; lo malo fue que en ese momento, Andrea lo notó.
—Borra esa sonrisa —murmuró—, que te hace pareces hipócrita. Mejor quedarse seria que ser una hipócrita de primera.
Todo el mundo conocía la aversión de Andrea por la gente falsa, la gente hipócrita. Últimamente la había dado mucho a conocer. Anne no sabía porqué y tampoco le apetecía invertigar eso; Andrea era lo bastante grande como para arreglar sus problemas ella sola.
—Me vámonos —dijo Andrea, con un gesto de fastidio—, que aquí no pintamos nada y hay cosas más productivas que hacer si no nos podemos mojar en el manantial.
Y se paró ágilmente, seguida de las demás, que le concedían la razón. No pronunció palabra en todo el camino de vuelta, Anne tampoco pronunció palabra, no le apetecía. Las cosas estaban ya de por sí malas, como para empeorarlas más de lo necesario.
Entonces, todo fue un sólo segundo.
No alcanzó a ver bien lo que pasó. Pero Andrea se había caido escaleras abajo. Se quedo pretrificada donde estaba, viendo a su hermana, incapaz de hacer algo. Entonces, cayó en la cuenta de lo que pasaba y corrió hacia su hermana, que había soltado un lamento de dolor.La pierna le sangtraba... Clara fue la siguiente en aparecer al lado de Andrea. Ella no tardó en actuar.
—¡Hay que llevarla a la enfermería! —exclamó. Anne asintió enseguido y se encargó de levantar a Andrea por un lado. Clara la ayudó del otro. Los demás miraban preocupados lo que pasaba escaleras abajo.
Roger le había tomado la mano a Vet, que miraba con los ojos abiertos de par en par, con el miedo pintado en el color violeta tan extraño de sus ojos. No decía nada, pero aferraba la mano de Roger. Tal parecía que sabía que era lo que estaba pasando allí. Anne no dijo ni vio nada más antes de encaminarse hacia la enfermería.
La enfermera las recibió preguntando qué había pasado. Clara lo explicó, porque Anne no soltó prenda y sólo se miraba las manos, sin decir nada, nerviosa. Sabía el por qué de la mirada tan asustada de Vet. Sabía que era lo que había ocurrido en ese momento. Feenegreé. Tan sencilla explicación. Tal difícil de dar, imposible de aceptar. Y se sumió en la desesperación, teniendo esperanzas vanas, sabiendo que ya no sería Annie la única afectada por eso maldición. Su hermana estaba también afectada.
Cuando volvió a salir la enfermera no traía buena cara. Las explicaciones lko justificaron. No eran buenas noticias. De todos modos, Anne no las esperaba ya.
—No se le puede curar al método mágico —dijo la nerviosa enfermera—; he tenido que escayolarla, tiene la pierna rota, puesto que no hay otra forma de curarla. Al menos la sangre ha parado de salir. No hay otra solución, porque la herido no parece tener ninguna curación aparente. —Y bajó la cabeza, en señal de disculpa, pero Anne asntió. No se dijo nada más y Anne se fue de allí.
Se topó con Will a los pocos minutos, él adivinó su expresión.
—Feenegreé —musitó y Anne no dijo nada más.
La miró y esa miraba valió por todo.
—Te juro, Anne, que encontraré una solución ha esto. Porque tiene que haberla. Te lo juro Anne. Aunque sea lo último que haga, encontraré una solución a esta maldición —Le tomó una mano, apretándosela—. Eres una de las mejores amigas que tengo. No quiero perderte así.
Anne agradeció sus palabras, pero su humor no era el mejor.
Andrea volvió de la enfermería —escayolada y con un par de muletas— a los pocos días. Traía una cara jovial, alegre por haber salido, pero Anne se dio cuenta a leguas que sus ojos mostraban un paño de pánico. Y a las demás solo les restaba preguntarse: ¿quién iba a ser la siguiente? ¿qué le iba a pasar a la siguiente víctima? No lo sabrían, pero el pánico afloraba y el nerviosismo también. Anne nunca se había sentido tan mal en su vida hasta ese momento. La maldición pesaba sobre ella como un reloj contando el tiempo que le quedaba. No era una muy buena perspectiva.
Y se encerró un poco en sí misma, rezando porque no le ocurriera nada a nadie más. No lo lograría y sus esperanzas serían vanas. Se refugiaba en Will, ya que Liza y Paulette hablaban mucho a sus espaldas. No le importaba, porque sabía que estaban buscando una solución.
—Me duele pensar que esto sea el final —murmuró ella—. Me duele pensar que no haya un más allá y tenga que rendirme.
Will la miró seriamente., tomándole una mano.
—Tú no estás hecha para rendirte, Anne, y de todas maneras yo no te dejaré. Presentarás batalla. Lo sé. Confía en mí.
